“POR
CAPITAN Y TIMONEL, UN CORAZÓN”
Luz María Sánchez
Rovirosa
“Porque ese barco de papel,
tiene aferrado a su timón por capitán y timonel, un corazón” Alberto Cortés.
Moviendo un poquito el timón
para girar el rumbo, leí con curiosidad y asombro un artículo que el Arzobispo
de Acapulco, Carlos Garfias Merlos publicó el domingo pasado en el periódico
semanal de la Iglesia “Mar Adentro”.
Dicho artículo que encabeza
como Timonel II, inicia con una frase muy llamativa que dice: “La iglesia que
camina en Guerrero, necesita pastores que amen la pobreza y construyan la paz”.
En
su texto, el arzobispo menciona que, en días pasados el Consejo Nacional de
Evaluación de la Política de desarrollo Social (Coneval), da un informe sobre
las graves cifras de pobreza que existen en México, una fuerte realidad que no
solo representa un reto y un desafío para las autoridades en turno, responsables
(sin duda), de mejorar la situación por la que atravesamos, sino que también
representa un fuerte llamado a la Iglesia, en concreto a los sacerdotes y
obispos (Mejor dicho a los obispos y sacerdotes).
Monseñor
Carlos incluye en su carta a todos los sacerdotes de Guerrero, y hace bien,
porque hace falta que escuchen y asimilen las palabras que el Papa Francisco externó
en su reunión con el Comité Organizador del CELAM (a propósito de la triste realidad
de la pobreza que existe en nuestros pueblos y comunidades), que hablan de los
pastores (de los hombres) que amen la pobreza, que no tengan “psicología de
príncipes”; hombres austeros que no sean ambiciosos; pastores que sean capaces
de velar por el rebaño que les ha sido confiado. “Hombres capaces de sostener
con amor y paciencia los pasos de Dios en su pueblo”.
La
carta muy relevante menciona también, que el sitio del obispo para estar con su
pueblo es triple: siempre delante para indicar el camino, en medio para
mantenerlo unido y neutralizar los desbandes, y detrás para evitar que alguno
se quede rezagado, pero también y fundamentalmente, porque el rebaño mismo
tiene su olfato para encontrar nuevos caminos.
Y la
remata con estas palabras textuales. “Queridos hermanos en el sacerdocio, no
podemos ser indiferentes a esta realidad. La historia es el lugar teológico de
Dios. La Iglesia que camina en el estado de Guerrero necesita pastores que amen
la pobreza, interior y exterior. Revisemos nuestros estilos de vida, analicemos
la relación con los bienes materiales. “El anuncio del Evangelio a los pobres
nos exige una vida pobre, siguiendo a Jesús pobre (cf. Lc 6, 20; 9, 58) y anunciar
el Evangelio de la Paz sin bolsa ni alforja, sin poner la confianza en el
dinero ni en el poder de este mundo (cf. Lc 10, 4ss). La Iglesia, sacramento de
reconciliación y de paz, desea que los discípulos misioneros de Cristo sean
también, ahí donde se encuentren, constructores de paz”. Optemos por una vida
sencilla, austera, reflejo de una profunda libertad y vida interior. Un estilo
sencillo que sea signo del Reino y Construya la Paz. La riqueza, el poder y el
bienestar egoísta son vana ilusión, no dejan nada al hombre, dividen y
corrompen al hombre. Seamos testigos de aquello que realmente vale ante los
ojos de Dios.
Tremendo
desconcierto con semejantes palabras de vida. Dice el dicho que “hagas lo que
dices y digas lo que haces”; porque para poder hacer una invitación de tal
magnitud, primero hay que predicar con el ejemplo y la verdad con todo respeto,
en el caso del arzobispo, su vida tiene de todo menos austeridad, humildad y
pobreza.
No
es desconocido para muchas personas residentes de este puerto en este municipio,
los selectos gustos del arzobispo, ni la selección de amistades con las que
acostumbra tratar. Desde distinguidas personalidades de la sociedad y del
Jet-Set, hasta “personajes” de las más altas élites de la política guerrerense.
(No mencionaré sus visitas a la Concordia, porque precisamente esa es su
obligación).
Con
refinados gustos terrenales (y marítimos), como los frecuentes paseos en yate
(muchas veces acompañado de muchos de los sacerdotes a los que pide austeridad,
pero los vuelca hacia esa vida, y no a la otra que pide su ministerio, o a la
que se refiere en su carta); gusto por el gourmet y los buenos vinos; gusto por
el confort que brinda la riqueza (material), pero no el confort que da la vida
espiritual.
Una
de las exigencias a las que el Evangelio (y los Papas) aluden en forma reiterada,
es precisamente la evangelización de lo social, para vivir acordes con las
exigencias del seguimiento de Jesús, que no es más que la solidaridad con los
pobres. “Debes abrir tu mano al hermano, a aquel de los tuyos que es indigente
y pobre en su tierra” (Dt 15, 7-11).
Pero
también hay otra clase de pobres, que son más pobres porque tienen en sus casas
-el despojo de los pobres-, a esos por los cuales los pastores de la iglesia
tienen que buscar la justicia. El Evangelio no pide que ayuden, sino que les
devuelvan lo que les pertenece, partiendo de la dignidad de ser hijos de Dios,
el verdadero Dios del Éxodo, el Dios de los pobres, no aquella imagen que
quieren representar de Dios, a quien tanto invocan para calmar sus conciencias.
Pero
reflexionando, y sin parecer negativa o patética porque amo mí religión,
rescato de todo este drama (que no crítica), la esperanza de que Monseñor Carlos
Garfias aferre su corazón al timón, no el del yate de lujo, sino al de ese
barco de papel que no se hundirá, para cambiar de rumbo desde la complejidad de
la vida humana y la limitación propia del ser humano, y asuma su papel humilde,
justo para predicar ante su grey amada, con el ejemplo. ¡Vale la pena
reflexionarlo!
P.D.
Pero no perdiendo el rumbo, me gustaría preguntar a las autoridades ¿por qué
están rompiendo por la gasolinera de Manzanillo (Pinzona) el concreto
(carísimo) que acaban de poner con motivo del Acabús? ¿Por qué siempre los
zapatos en las manos y los guantes en los pies?
